
A una mujer casi la llamaron "Avioneta". Otra tuvo una biblioteca en el asiento trasero de su coche. La otra se rompió un dedo a causa de los estantes rebeldes de la biblioteca de la casa. Las cigarreras escuchan lecturas mientras trabajan. Las planchadoras recuerdan poemas. A todas ellas les canto. Contra el fuego, el agua, la polilla, el polvo, la ignorancia y el fanatismo, un ejército anónimo de mujeres vigila los libros. Es una resistencia íntima, sin épica, sin revolución, sin armas.